Día II:En esta casa no hay café, ni una pizquita. Eso sí, hay una cafetera perfectamente colocada en la esquina derecha de la encimera. Pienso en salir a tomar un café por ahí, pero enseguida se me quitan las ganas porque en este pueblo parece que quieren romperme los tobillos con tanta cuesta. Además, no conozco mucho la zona y seguramente me perdería. Así que espero a que se levanten todos mientras me tomo un triste vaso de leche triste.
Pero parece que la gente aquí, además de no desayunar, no come. Llegan las 3 del mediodía y nadie aparece. Empiezo a preocuparme. ¿Estarán hibernando? Puede que se hayan convertido en osos durante la noche, lo que no me extrañaría en el caso de Alí, pero en mi habitación se oye todo y hubiera escuchado sus gruñidos.
Intento dormir pero el cerebro me late como un corazón auxiliar, y me es imposible entre tanto bum bum. Leo El jugador, de Dostoievski, y me entran ganas de llorar porque el libro se me acaba y porque me parezco tanto a Polina que da miedo.
Sobre las 6 se levantan D y Alí (Meri está trabajando), y nos vamos a tomar un café a un sitio que tiene el aire acondicionado a tope. Me entran escalofríos y pienso que me moriré allí mismo de frío, como en una trinchera en la ciudad. Tengo ceniza en la rodilla, desgraciadamente me doy cuenta demasiado tarde, porque Alí se ha dispuesto a quitármela, riéndose. Pero yo no me río. Que no vuelva a hacer eso, pienso.
Meri llega sobre las 11 y media de la noche. Ella es puta y es preciosa, pero a tiempo parcial, el resto del tiempo lo dedica a recoger piedras con su sombrero. Cenamos crêpes en la cocina. Nos arreglamos (porque estábamos rotos, claro) y salimos.
El resto de la noche la pasamos bebiendo y fumando, a ratos me enamoro de algún chico que pasa y no me mira. Pero de repente lo veo a él, me mira y me esquiva, paso por detrás de él y le acaricio la espalda con los dedos. Y en ese momento me quiero enamorar de su cuello. Y me lo aprendo de memoria.